cabeza.
—No, Diego.
Hizo una pausa.
—Creo que eres tú quien necesitaba encontrarme.
Aquellas palabras me parecieron extrañas.
No les di importancia.
Hasta meses después.
Una mañana llegué a su casa y nadie abrió.
Toqué varias veces.
—¿Carmen?
Nada.
Sentí un miedo terrible.
Llamé a un vecino.
Después a los servicios de emergencia.
Cuando finalmente entramos, la encontramos inconsciente.
La llevaron al hospital.
Yo me quedé esperando en el pasillo.
Horas después, un médico salió.
No necesitó decir demasiado.
Carmen había muerto.
Me quedé completamente inmóvil.
No era mi madre.