estaba perdiendo mucha sangre. Había posibilidad real de que madre, hijo o ambos no sobrevivieran la noche.
El varón se puso lívido, pero no dijo nada. Alejandro, quien alcanzó a escuchar, sintió que su mundo se desmoronaba. Finalmente, cuando los primeros rayos de sol comenzaron a teñir de rojo el horizonte del desierto oriental, anunciando un nuevo día, un llanto fuerte y saludable llenó la mansión, un grito de vida que ahogó momentáneamente todos los susurros de muerte y maldición.
Un niño había nacido. Las parteras, exhaustas, pero sonrientes, abrieron