Todos lo creían estéril… pero en 1859 su destino cambió cuando fue entregado a una esclava indomable

En las tierras áridas del norte de México, en el año 1859, la hacienda San Jerónimo se extendía como un imperio olvidado por Dios. Sus muros de adobe agrietado guardaban secretos que el viento del desierto susurraba entre los matorrales secos. Allí, bajo el yugo implacable del varón Cristóbal de Mendoza y Villor, vivían más de 200 almas esclavizadas que trabajaban hasta el agotamiento en los campos de algodón y en las minas de platas cercanas.

El calor durante el día era tan feroz que parecía que el mismo infierno