nunca le había mentido.
Simplemente él había asumido que una mujer discreta debía ser una mujer sin poder.
—Mariana, espera…
—Tenemos una reunión —intervino Arturo.
Asentí.
Antes de entrar al vehículo, Diego volvió a llamarme.
—¿Por qué no me lo dijiste cuando pedí el divorcio?
Lo miré por última vez.
—Porque si necesitabas saber cuánto dinero tenía para decidir si yo merecía ser tu esposa, entonces el matrimonio ya estaba terminado.
Subí al coche.
Durante el trayecto mi teléfono comenzó a vibrar.
Diego.
Una vez.
Dos.
Tres.
Lo bloqueé.
Arturo,