calculada.
Y yo había estado a punto de perderlo todo por confiar en mi esposo.
Antes de marcharme, encontré a Andrea en el pasillo.
—Conocí a tu hijo —le dije suavemente.
Su rostro perdió el color.
—¿A Emiliano?
Asentí.
—Está creciendo con su papá. Es un niño maravilloso.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Él todavía pregunta por mí?
—Todos los días.
Andrea comenzó a llorar.
Me contó que había rehecho su vida en Puebla. Se había casado nuevamente, pero su nuevo esposo no aceptaba que tuviera un hijo