la propiedad pertenecía realmente a Tomás.
La había heredado de su abuela y se la había rentado a Sergio.
—Él nunca quiso venderla —explicó—. Tiene demasiados recuerdos aquí.
Comprendí por qué Tomás había reconocido la camioneta desde el principio.
También entendí que había intentado advertirme sobre aquella otra mujer sin humillarme.
Con el tiempo comenzamos a compartir más tardes.
Tomás no era un hombre de grandes discursos.
Pero nunca prometía algo que no pudiera cumplir.
Un día le hablé de Andrea.
Se quedó callado largo rato.
—Emiliano merece saber que