Mi marido me llevó a una casa abandonada y me pidió que pasara un mes sin comunicarme con nadie. “Así sabré cuánto me amas”, dijo antes de marcharse. En lugar de esperarlo llorando, fui al río y descubrí un costal que se movía. Un niño me ayudó a entender lo que estaba pasando, pero lo peor llegó cuando supe qué habían hecho con mi firma electrónica.

Puebla para trabajar presencialmente durante una temporada.

Emiliano se puso triste.

—¿Entonces ya no vas a venir?

—Claro que volveré, chaparrito.

Aquella tarde fuimos al río.

Tomás apareció llevando al último cachorro, el que Emiliano más quería.

El animal tenía una cinta de colores alrededor del cuello.

Tomás se acercó nervioso.

—Mi abuela decía que una casa necesita alguien que la llene de vida.

Tomó una pequeña llave que colgaba de la cinta.

—Quiero que sigas viviendo aquí, Mariana. No porque necesites esconderte de alguien, sino porque seas feliz.

Sentí