celular.
A la mañana siguiente conocí a doña Chabela, una vecina que me explicó cómo conseguir agua del río.
Seguí una vereda estrecha hasta encontrar un pequeño embarcadero.
Mientras llenaba dos cubetas, escuché unos chillidos entre los matorrales.
Había un costal de tela junto a unas piedras.
Lo abrí y encontré cinco cachorritos.
—¡No los toque! —gritó un niño que apareció corriendo.
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