cuando crecieran.
En sus decisiones.
En sus equivocaciones.
En las vidas que algún día construirían.
Entonces comprendí algo.
El amor que necesita controlar cada paso de otra persona termina pareciéndose demasiado al miedo.
Sebastián se levantó.
—No vamos a impedir que algún día puedas conocer a tus nietos, si existen condiciones seguras y respetuosas. Pero ahora necesitamos distancia.
Victoria rompió a llorar.
—¿No puedes perdonarme?
Él respondió suavemente:
—Quizá algún día. Pero perdonar no significa fingir que nada ocurrió.
Salimos de aquella casa sin mirar atrás.
No fue una victoria