Sebastián sostuvo mi mirada.
—Lo prometo.
Entonces escuchamos la voz de Victoria en el pasillo.
—¡Sebastián! ¡Abre esta puerta!
Su tono no era el de una mujer preocupada por su nuera.
Era el de alguien que había perdido el control de una situación.
La mujer que había llorado por mi sacrificio
Cuando Victoria entró, llevaba un elegante traje color crema y un bolso que probablemente costaba más que el automóvil que había conducido mi padre durante veinte años.
Pero su rostro estaba pálido.
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