sido quien abría la puerta.
La que agregaba otra silla a la mesa.
La que decía que no importaba.
La que cedía.
La que perdonaba antes de que alguien pidiera perdón.
Miré a Miguel.
Luego a Daniela.
Después a Lucía.
Y respondí:
“Sí. Por favor.”
La expresión de Daniela cambió por completo.
Pero antes de alejarse del intercomunicador dijo algo que confirmó todo lo que yo había empezado a sospechar.
“Perfecto, mamá. Entonces mañana vendremos con calma y hablaremos de la casa, del testamento y de lo que piensas hacer