casa.
Perdonaba.
Esperaba.
Aquella noche hice algo distinto.
Apagué el teléfono.
A la mañana siguiente llamé al licenciado Tomás Barrera, el abogado que había llevado la sucesión de Ricardo.
“Necesito revisar mi testamento.”
Tomás guardó silencio un instante.
“¿Pasó algo?”
“Sí.”
“¿Quieres castigarlos?”
Miré la fotografía de mis 3 hijos que todavía estaba junto al refrigerador.
“No. Quiero dejar de castigarme yo.”
Durante las siguientes 3 semanas revisamos todo.
Propiedades.
Cuentas.
Beneficiarios.
Inversiones.
Seguros.
Poderes.
Contraseñas.
Tomás insistió en que no tomara decisiones solo por enojo.
Le hice caso.
Esperé.