Pensé.
Y luego firmé.
También llamé a una empresa de seguridad.
Cambié cerraduras.
Códigos.
Contraseñas.
Instalé cámaras nuevas y un portón automático frente a la propiedad.
Mis hijos conocían el antiguo código de memoria.
Siempre habían entrado sin avisar.
Esta vez ya no podrían hacerlo.
Pasaron casi 3 meses.
Ninguno llamó.
Yo tampoco.
Hasta que, 2 semanas antes de Navidad, Daniela apareció en la pantalla de mi teléfono.
Contesté.
Su voz sonaba demasiado alegre.
“Ma, ya decidimos. Este año todos vamos a pasar Navidad contigo.”
Me quedé callada.
No habían