El precio de la ceguera

El papel del segundo sobre era grueso, áspero y frío, semejante al que se acaba de sacar de una morgue.

Sobre el fondo blanco destacaban unas letras grandes e irregulares; Méline lo había escrito con mano temblorosa, sobreponiéndose al dolor físico y a la agonía de la pérdida:

«Debes saber por qué he sufrido».
Tenía los dedos tan entumecidos que no logré agarrar de inmediato el borde de la solapa. En la habitación reinaba un silencio ensordecedor, un silencio de muerte. La enfermera retrocedió un paso con la mirada baja,