escritorio.
No necesitaba leer sus disculpas, si es que las había escrito. Tampoco necesitaba escuchar sus excusas.
La vida que había imaginado con él ya no existía.
Y, por primera vez, aceptarlo no le produjo dolor.
Le produjo libertad.
Una noche, bajo la luz tenue de su habitación, Reese sintió un movimiento suave en el vientre.
Sonrió y colocó la mano sobre él.
—Ya falta poco, pequeño —susurró—. Y cuando llegues, tendrás algo que yo tardé demasiado en aprender.
Hizo una pausa, con los ojos brillantes.
—Nadie tendrá derecho a