Capítulo 2: El de la voz rok
Debería haberme negado. Llevo cuarenta años de profesión y sé que los desconocidos bien vestidos que aparecen en tu puerta con un coche negro no suelen traer nada bueno. Pero había algo en los hombros de aquel hombre —esa manera de caer, como caen los hombros de los que llevan dos días sin dormir y una vida entera fingiendo que no— que me hizo coger las llaves sin hacer una sola pregunta.
—Me llamo Ernesto Salas —dijo ya en el coche, con las