la toga, que hacía juego con el birrete, y dio un paso atrás. Por un momento, sonrió. Luego se volvió hacia mí, con los ojos brillantes.
—Mamá, prométeme que no se lo dirás a nadie —susurró—. Necesito hacer esto por mi cuenta.
Quise discutir. Sabía lo crueles que pueden llegar a ser los adolescentes cuando alguien hace algo que no comprenden.
Pero yo sabía por qué había creado a ese chico de cartón.
Era la única persona que sabía el motivo.
—Lo prometo —dije.
No tenía ni idea de lo