el leve tintineo de las pulseras que llevaba en la muñeca y el aroma discreto a jabón de lavanda que la acompañaba. Cuando entraba en mi despacho, siempre encontraba una excusa para hacerle alguna pregunta. Al principio, fingía querer saber dónde estaba un expediente o si el almuerzo estaba listo.
Luego, mis preguntas se volvieron más personales. Le pregunté qué le gustaba leer, qué música escuchaba y qué le habría gustado hacer si la vida le hubiera ofrecido otras oportunidades. Me habló de su sueño de abrir una pequeña cafetería