de protegerlos de las consecuencias de sus decisiones. Su triunfo tampoco consistía en haber recuperado una mansión: la propiedad siempre había estado a su nombre.
La verdadera victoria era poder cerrar la puerta, escuchar el silencio y no sentir miedo de que alguien volviera a decirle que aquel hogar no le pertenecía.
Mientras en aquel restaurante habían brindado por librarse de ella, sin saberlo también habían brindado por su libertad.