preparó.
En la cubierta del expediente figuraba también el teléfono de Begoña. Elena reconoció su letra en unas anotaciones que señalaban cuánto dinero podía obtenerse con la operación. Nadie había pensado siquiera en pedirle permiso.
Begoña levantó la barbilla.
—Mi hijo pensaba devolverlo. Si una esposa de verdad quiere a su marido, lo ayuda cuando pasa dificultades.
—Ya no soy su esposa —contestó Elena—. Y tampoco fui nunca su cajero automático.
La funcionaria judicial pidió que dejaran libre el acceso. La entrega de la vivienda siguió su curso, y los