vida.
Había creído que ser elegida era lo mismo que ser amada.
Pero el amor no debería obligarnos a mendigar un lugar que nos corresponde.
Tomé las llaves.
—Sí. Conduzco yo.
Olivia sonrió y ocupó el asiento del copiloto.
Arrancamos.
La carretera se extendía entre colinas verdes, bajo un cielo despejado.
No había ninguna placa con mi nombre.
Ninguna promesa grabada en metal.
Nadie había construido aquel vehículo especialmente para mí.
Y, sin embargo, nunca me había sentido tan libre.
Al regresar del viaje, encontré un correo de Ethan.
Era