recogió su bolso.
Antes de cruzar la puerta, se regresó.
—Adrian nunca te hará daño intencionadamente, Claire.
Asentí.
—Eso es lo más triste.
Una semana más tarde, el dinero llegó a mi cuenta.
Treinta millones de euros.
Una cifra tan extraordinaria que tuve que mirar la pantalla dos veces.
No sentí alegría.
Tampoco tristeza.
Solo una tranquilidad fría, casi desconocida.
Había pedido que mis pertenencias fueran trasladadas fuera de la residencia familiar. Aquella noche regresó por última vez para firmar los documentos finales que el abogado había dejado preparados.
En