Siempre creí que la familia era el último lugar donde uno debía temer una traición.
Podías desconfiar de un extraño, de un socio o incluso de un amigo. Pero de la familia no. Al menos eso pensaba hasta que mi hermana y su esposo me pidieron ayuda en el peor momento de sus vidas.
Todo comenzó con una llamada un domingo por la noche.
Cuando contesté, escuché a mi hermana llorando.
Al principio apenas podía entender lo que decía. Entre sollozos me explicó que estaban atravesando una crisis financiera terrible.