o culpa.
Me ofrecía una elección.
Una elección que podía rechazar.
—Adrián…
Él negó suavemente.
—No tienes que responder.
Sonreí entre lágrimas.
—Sigues teniendo la mala costumbre de pensar que debes decidir cuándo hablar.
Se echó a reír.
Después guardó silencio y esperó.
Me acerqué.
—No quiero otro matrimonio construido sobre secretos.
—Yo tampoco.
—No quiero volver a competir con nadie por el lugar que ocupa en tu vida.
—Nunca volverás a tener que hacerlo.
—Y si algún día siento que no me escuchas, voy a decírtelo. probablemente durante una