escalofrío.
No lo había negado.
—Y yo qué soy? ¿El presente? ¿La mujer conveniente que te permitió traerla de vuelta?
Por primera vez vi aparecer una sombra de enfado en su rostro.
—No es tan sencillo.
—Entonces explícamelo.
Adrian apretó la mandíbula.
Esperé.
Durante casi un minuto solo escuchamos el tic tac del reloj.
Finalmente dijo:
—No quiero hacerte daño.
Aquello fue peor que cualquier confesión.
—Ya lo hiciste.
Me levanté, cogí el bolso y caminé hacia la puerta.
Él me sujetó suavemente de la muñeca.
—¿Adónde vas?
—A descubrir