estudios, clases de manejo, graduaciones y bodas.
En febrero le pedí dinero para mi vestido del baile.
—Los vestidos de graduación son un desperdicio —respondió sin levantar la vista del celular.
Le mostré la carta de mamá.
Se rio.
—ESE DINERO AHORA MANTIENE ESTA CASA. ADEMÁS, NADIE QUIERE VERTE JUGAR A SER PRINCESA.
Subí a mi cuarto y lloré contra la almohada.
Mi hermano de quince años escuchó todo desde la habitación contigua.
Cuatro noches después apareció en mi puerta cargando cuatro pantalones de mezclilla.
Eran de mamá. Los habíamos