su letra antes de que ella leyera la primera línea. Era la misma letra con la que me dejaba recados junto a la cafetera y anotaba las compras que olvidábamos.
Mi hija pidió leerla en silencio.
Mientras lo hacía, sus ojos se llenaron de lágrimas. No se limpió la cara. Terminó una página, volvió al principio y se quedó mirando una frase durante tanto tiempo que pensé que iba a cerrar el sobre.
—¿Quieres que salgamos? —le pregunté.
Negó con la cabeza.
Después me tendió la hoja.
Julián explicaba que