azul que le había comprado para su último cumpleaños.
El cabello ligeramente despeinado.
El reloj que le había regalado.
Durante siete años había sido capaz de reconocer su figura entre cientos de personas.
Ahora lo tenía delante y apenas podía comprender quién era.
—Te quise muchísimo, Ryan.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo también te quiero.
Negué lentamente.
—Puede que sea verdad. Pero tu manera de quererme ya no me sirve.
Salí del restaurante sin mirar atrás.
Los veintisiete días que faltaban
Cancelar una boda resultó menos espectacular de