Cuando finalmente llevaron a la pequeña a casa, Dante la cargó en brazos.
La niña preguntó con inocencia:
—¿Ahora sí soy su hija?
Él sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—No.
La niña bajó la cabeza.
Dante besó su frente.
—Siempre lo fuiste.
Años más tarde, durante una entrevista, un periodista preguntó a Dante:
—¿Cuál ha sido el mejor negocio de su vida?
Él sonrió.
Miró a Alina, que jugaba con su hija en el jardín.
—El único en el que estuve a punto de perderlo todo por no