casa porque se sentía mal por haberse quedado con todo el dinero del divorcio.
—No me quedé con todo el dinero —dije.
Vanessa me miró. Me miró de verdad, tal vez por primera vez.
—Dijo que sí —dijo ella—. Dijo que te quedaste con la casa, los ahorros, todo, y que lo dejaste sin nada.
—Se quedó con el barco —dije—. Y con su plan de jubilación. Y con el sillón reclinable. —Asentí con la cabeza hacia el sillón de cuero de mi sala—. Lo dividimos todo a partes iguales.