Una hora antes de la boda, oí por casualidad a mi prometido susurrándole a su madre: «No me importa ella; solo quiero su dinero». Me sequé las lágrimas en silencio, caminé hacia el altar con la cabeza bien alta y, en lugar de decir «Sí, quiero», dije algo que hizo que mi suegra se llevara la mano al pecho allí mismo, en medio del salón…

no es lo que parece —dijo, forzando una sonrisa—. Estás nerviosa, debes haber entendido mal…

—No —interrumpí—. Lo entendí perfectamente. Y por eso, antes de esta boda, tomé precauciones.

Saqué un sobre blanco del ramo que sostenía. El juez frunció el ceño, pero no dijo nada. Carmen comenzó a respirar con dificultad.

“Aquí tiene copias de los documentos que firmé hace dos semanas”, expliqué. “Un acuerdo legal donde declaro claramente que, en caso de matrimonio, mi empresa y mis bienes seguirán siendo exclusivamente míos. Nada se transferirá a mi esposo”.