El rostro de Javier se descompuso por completo.
—¿Qué hiciste? —susurró.
—Era lo que tenía que hacer —respondí—. Porque cuando alguien te ama, no te ve como una cuenta bancaria.
Carmen se levantó bruscamente.
“¡Esto es una humillación!”, gritó. “¡Mi hijo no se merece esto!”
“Mi hijo no se merece esto…”, repitió alguien desde atrás. “¿Y ella sí se merece ser utilizada?”
Era mi tía Rosa , que lo había entendido todo con una sola mirada. Varias personas asintieron. Javier intentó acercarse de nuevo, pero yo retrocedí un paso.
—No me