usar a un niño para hacerlo y por creer que siempre voy a quedarme callada.
Hubo murmullos. Vi a mis amigas asentir. Vi a una de mis primas apretar la mandíbula. Hasta mi padre bajó la mirada, incómodo. Pero nadie defendió a Ricardo esta vez.
Él tomó a Mateo del hombro con más fuerza de la necesaria.
—Vámonos. Ya viste cómo se pone tu tía.
Antes de salir, Mateo volteó hacia mí.
—Perdón… yo pensé que te ibas a reír.
No supe qué responder.
Después de que se fueron, mis