—Ya, ya, ya —interrumpió Ricardo, levantándose—. Tampoco es para tanto. Es un pastel. Compramos otro y listo. No armes drama.
Ahí se rompió algo en mí. No con estruendo. No con lágrimas. Se rompió con una claridad tan fría que hasta me dio paz.
—Lárgate —le dije.
Ricardo dejó de reír.
—¿Qué?
—Tú, tu esposa y tu hijo. Se van de mi fiesta. Ahorita.
Paola por fin alzó la vista del celular y soltó una risa nerviosa.
—¿Neta por un pastel?
—No —respondí, mirándolos a los dos—. Por humillarme, por