En mi cumpleaños número 30, mi sobrino arrojó mi pastel a la piscina y gritó: “Hice lo que me pidió mi papá”. Esa noche entendí que mi hermano llevaba años humillándome… y decidí quitárselo todo.

mesa donde la hacían pedazos.

Así que tomé otra decisión.

Meses antes había guardado una página de renta en un pueblito de la costa de Baja California. Una casita sencilla cerca de unos acantilados, con olor a sal, pan dulce en la esquina y una librería pequeña donde nadie conocía mi apellido. Apliqué sin pensarlo demasiado.

Me la dieron.

El día de la mudanza guardé el adorno del pastel entre mis cosas con un cuidado que ni yo misma entendí. Tal vez porque ya no era el recuerdo de una