Traía consigo aquella misma bolsa de la compra, hecha de plástico trenzado.
—¿Qué traes ahí?
—Unos huevos.
—No hacía falta.
—Ya lo sé.
Luego sacó un frasco de *zacuscă*.
—Y esto.
—Mamá.
—Y unas nueces.
—Me lo imaginaba.
Ella sonrió.
Esta vez, no dejé que lavara absolutamente nada.
Le preparé café.
La acomodé en el sofá.
Y cuando hizo el amago de levantarse —por pura costumbre— para llevar las dos tazas a la cocina, le dije:
—Quédate ahí. Has venido a visitarme, no a trabajar.
Volvió a sentarse.
Al principio,