Solo te quiero a ti.
La abracé con fuerza y lloré.
Porque a mis setenta y ocho años, después de todo lo que había vivido, aquellas fueron las palabras más valiosas que jamás había escuchado.
Y si hay algo que he aprendido de todo esto, es lo siguiente: No importa cuántos años tengas, nadie, ni siquiera tu propio hijo, tiene derecho a quitarte tu dignidad, tu libertad ni tu tranquilidad.