llegó la amenaza.
Si no ayudaba, contarían a clientes, trabajadores y socios que había abandonado a sus padres. También dijeron que presentarían una denuncia alegando desamparo económico.
Lucía leyó los mensajes 2 veces.
Luego sonrió, pero sin alegría.
Durante 7 años había guardado cada prueba precisamente por miedo a que algún día intentaran reescribir la historia.
Ya no tenían frente a ellos a la chica de 23 años que salió llorando de una cena.
Tenían frente a ellos a una empresaria que sabía documentar, esperar y decidir.
Lucía envió todo