de autorización.
Me quedé helada.
Mi esposo no solamente había entregado nuestros ahorros: también había firmado una obligación comercial enorme sin decírmelo.
Fotografié los documentos y guardé las copias.
El sábado entregué las llaves a don Ernesto. Recuperé el depósito correspondiente y me marché.
El domingo, alrededor de las cinco de la tarde, un transporte turístico se estacionó frente a nuestra antigua casa.
Sergio bajó acompañado de Teresa, Óscar y los demás familiares.
Todos cargaban maletas, recuerdos y bolsas de mariscos secos.
Hasta que vieron el letrero:
SE RENTA CASA.