niños ya habían aprendido a convivir con la ausencia de Rebeca. Ella nunca intentó ocupar su lugar, pero había acompañado nuestras rutinas y participado en decisiones importantes.
Una noche me confesó que tenía miedo.
No temía que yo regresara con Rebeca. Le preocupaba que, si los niños comenzaban a acercarse a su madre, sintieran que debían alejarse de ella para demostrar su lealtad.
Le respondí que no esperaba que compitiera con nadie.
Mariana dijo que lo sabía, pero que también necesitaba escuchar que seguiría teniendo un lugar en nuestra vida.