—Porque llevamos casi un mes escuchando que yo les niego comida.
Margaret se cruzó de brazos.
—Porque nos la niegas.
—No.
—¿Ah, no?
—La comida existía.
Me incliné un poco.
—Usted decidió entregársela a otra casa.
—¡A mi hija!
—Exacto.
—¡Mi propia hija!
—Exacto otra vez.
—Entonces ¿qué esperabas que hiciera? ¿Dejarla pasar necesidades?
—Esperaba que comprara comida para ella con su propio dinero.
El rostro de Margaret se puso rojo.
—¿Sabes cuánto cobra su marido?
—No.
—Muy poco.
—Eso tampoco cambia de quién era la carne.
George golpeó la