un espejo demasiado incómodo.
Una semana después, Melissa apareció.
Traía a sus dos hijos.
Y ninguna bolsa.
—Mamá.
Margaret corrió a recibirla.
—Mi niña.
Yo estaba trabajando desde casa.
Escuché sus voces.
Después escuché a Melissa decir:
—¿Todavía tienen salmón?
Dejé de escribir.
Margaret bajó la voz.
—No.
—¿Y las costillas?
—Tampoco.
—¿No compraron más?
—Tu cuñada ahora se ha puesto extraña con la comida.
Cerré la laptop.
Entré a la cocina.
—Hola, Melissa.
Su sonrisa fue inmediata.
—Anna.
Miró alrededor.
—Mamá dice que has estado muy ocupada.
—Muchísimo.
—Yo