pensaba llevarme un poco de fruta. Los niños…
—Claro.
Sus ojos se iluminaron.
Abrí un armario.
Saqué dos bolsas.
Se las entregué.
Dentro había manzanas.
—Gracias.
Miró la bolsa.
—¿Solo manzanas?
—Son fruta.
—Sí, pero pensé que quizá…
—¿Qué?
Miró el refrigerador.
Yo esperé.
—Nada.
Margaret intervino.
—Dale las uvas también.
—No.
Mi cuñada parpadeó.
—¿Perdón?
—Las compré para mi desayuno.
Margaret se indignó.
—¡Hay dos racimos!
—Correcto.
—Puedes darle uno.
—También puede comprar uno.
Melissa cambió de expresión.
—No vine a mendigar.
—Nunca dije eso.
—Entonces no hace falta