tuviera que renunciar a sus reclamaciones.
La propiedad quedó libre de aquella amenaza.
Caleb recibió la noticia en una reunión con los abogados.
Pensó que sentiría triunfo.
En cambio, sintió una tristeza silenciosa.
La tierra nunca tendría que haber estado en peligro.
Aquella tarde llevó la documentación a Elora.
Ella leyó cada página sin pronunciar palabra.
Cuando terminó, apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces ya no pueden quitármela.
—No por esa deuda.
Elora cerró los ojos.
Durante unos segundos, Caleb creyó que iba a llorar.
Pero ella se puso