de pie y caminó hasta la ventana.
Al otro lado estaban los campos donde había trabajado su abuelo, después su padre y finalmente ella.
—Mi abuelo decía que la tierra no pertenece de verdad a quien la compra —murmuró—. Pertenece a quien la cuida pensando en los que vendrán después.
Caleb se acercó, manteniendo cierta distancia.
—Tenía razón.
—Cuando te fuiste, pensé que lo había perdido todo. Después nacieron los niños y comprendí que todavía tenía mucho por lo que luchar.
Se volvió hacia él.
—Pero no quiero que crean