Mis padres no asistieron a mi boda porque consideraban que mi esposo, un veterano que necesitaba bastón, jamás podría darme una buena vida. Durante 14 años fingieron que yo no existía. Hasta que supieron que nuestra empresa valía millones de pesos. “Ahora nos toca disfrutar de tu éxito”, anunció mi madre al llegar con tres maletas. Yo permanecí tranquila, pero una carta de mi padre cambiaría todo.

y unos aretes prestados por doña Elena, una vecina jubilada que se había convertido en nuestra segunda madre.

Durante la recepción, el dolor obligó a Sergio a sentarse.

—Perdóname por no poder darte una boda mejor —susurró.

Me senté junto a él.

—No me casé contigo para tener una boda bonita. Me casé contigo para compartir toda una vida.

Los primeros años fueron complicados.

Vivíamos en una casa rentada, comprábamos muebles usados y cuidábamos cada peso.

Yo seguía trabajando en el Ejército.

Sergio asistía a rehabilitación mientras buscaba empleo, pero