y unos aretes prestados por doña Elena, una vecina jubilada que se había convertido en nuestra segunda madre.
Durante la recepción, el dolor obligó a Sergio a sentarse.
—Perdóname por no poder darte una boda mejor —susurró.
Me senté junto a él.
—No me casé contigo para tener una boda bonita. Me casé contigo para compartir toda una vida.
Los primeros años fueron complicados.
Vivíamos en una casa rentada, comprábamos muebles usados y cuidábamos cada peso.
Yo seguía trabajando en el Ejército.
Sergio asistía a rehabilitación mientras buscaba empleo, pero