Mis padres no asistieron a mi boda porque consideraban que mi esposo, un veterano que necesitaba bastón, jamás podría darme una buena vida. Durante 14 años fingieron que yo no existía. Hasta que supieron que nuestra empresa valía millones de pesos. “Ahora nos toca disfrutar de tu éxito”, anunció mi madre al llegar con tres maletas. Yo permanecí tranquila, pero una carta de mi padre cambiaría todo.

varias empresas rechazaban contratarlo cuando descubrían sus limitaciones físicas.

Una tarde ayudó al propietario de un taller a reorganizar su inventario. Encontró refacciones duplicadas, compras innecesarias y pérdidas que nadie había detectado.

El dueño quedó tan satisfecho que le pagó tres mil quinientos pesos y lo recomendó con otro negocio.

Aquella noche Sergio llegó emocionado.

—Gaby, creo que encontré algo que puedo hacer mejor que mucha gente.

Así comenzó nuestra empresa.

Primero asesorábamos talleres pequeños. Después llegaron transportistas, almacenes y proveedores industriales.

Cuando dejé el servicio activo, me incorporé a