renta cuando nuestra hija tiene semejante casa.
—Mamá, yo nunca los invité a vivir aquí.
Mi padre levantó la cabeza, desconcertado.
—¿Cómo que no? Patricia me aseguró que tú misma habías ofrecido recibirnos.
Sentí que la sangre se me helaba.
Mi madre lo fulminó con la mirada.
Entonces él añadió algo que me dejó sin palabras:
—Gabriela, entregamos nuestro departamento ayer. Ya no tenemos adónde regresar.
PARTE 3
Mi madre me miró como si la confesión de mi padre fuera una pequeña molestia que debíamos olvidar.
—Bueno, ya lo escuchaste,