volvía a romperse dentro de mí.
Porque aquella mujer ya había utilizado la discapacidad de mi esposo para humillarlo una vez.
Y esa humillación nos había costado catorce años de familia.
Me llamo Gabriela Mendoza, tengo cuarenta y dos años y fui capitana del Ejército Mexicano.
Crecí en una familia acomodada de Puebla. Mi padre, Arturo, ocupaba un puesto importante en un banco. Mi madre, Patricia, organizaba reuniones, participaba en eventos de beneficencia y conocía los apellidos de todas las familias influyentes.
En nuestra casa nunca faltó dinero.
Lo que