que debo recibirlos solamente porque ustedes decidieron venir?
Me miró con tristeza.
—No, hija. No tienes esa obligación.
Mi madre abrió la boca, indignada.
Pero él continuó:
—Podemos buscar otro departamento. Tenemos ingresos suficientes para vivir con modestia. Lo que no podemos hacer es exigir que ustedes paguen las consecuencias de nuestros errores.
Por primera vez, sentí que estaba escuchando a mi padre y no al hombre que siempre repetía las opiniones de mi madre.
—Puedo darles información de asesores financieros y ayudarlos a encontrar opciones de vivienda —le dije—.